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sábado, 22 de mayo de 2010

A la sombra de los budas gigantes


IRENE PERONI 23/05/2010

Quien recuerda los budas gigantes de Bamiyán, en Afganistán? Los talibanes los destruyeron y masacraron al pueblo hazara que los veneraba. Tras la persecución, han vuelto a su tierra y no les queda más que vivir en las cuevas. Viajamos al lugar de la infamia.

Una niña entra y sale corriendo y saltando de una cueva al tiempo que multitud de fragmentos de rocas caen a intervalos desde lo alto del acantilado sobre el suelo cubierto de nieve, algunos de ellos a escasos centímetros de sus pies.


Capital:
Kabul.

Gobierno:
Administración interina (22-01-2001).

Población:
32,738,376 (est. 2008)

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Moldean y secan las boñigas al sol. después las utilizarán para cocinar

“Los talibanes quisieron destruir incluso nuestra historia”

Se han convertido en guardianes de dos enormes huecos y de su memoria

“Siempre pensé que pagarían caro lo que hicieron. Y Perdieron el control”

“Ya estoy acostumbrada”, afirma sonriendo mientras corre de acá para allá llevando en sus pequeñas manos secas y agrietadas troncos de leña para ayudar a su madre a encender la estufa. Ser golpeada por una de esas rocas parece la última de sus preocupaciones. En el exterior, la temperatura es de 22º bajo cero. El saco de carbón comprado ya hace tiempo en el bazar está casi vacío y la reserva de ramas secas recogidas durante el verano también se está agotando.

Fátima, de 12 años, es uno de los miembros de una familia de ocho hermanos, cinco de los cuales aún viven con sus padres en la cueva. Su madre, Maryam, recuerda el miedo que tenían los niños cuando, hace siete años, se trasladaron a vivir a una cueva abandonada.

“El interior era muy oscuro, así que pintamos las paredes de blanco para darle un aspecto más luminoso y Fátima utilizó pintura azul para dibujar en el techo árboles y flores”, explica. Maryam cree que tiene entre 35 y 38 años –muchos ciudadanos afganos desconocen su edad exacta–, pero su cara llena de arrugas y su boca desdentada le hacen parecer una anciana.

En invierno, cuando el colegio está cerrado por culpa del frío glacial y la imposibilidad de calentar las clases debidamente, Fátima y sus hermanas están muy ocupadas ayudando a su madre a hacer las tareas domésticas. Hornean pan, lavan la ropa, transportan el agua en cubos con la ayuda de su burro desde una pendiente resbaladiza y moldean las boñigas que secarán al sol y utilizarán después para cocinar.

Los habitantes de las cuevas de Bamiyán (más de 200 familias aunque nadie, ni siquiera el gobierno local, conoce el número exacto) se encuentran entre las personas más pobres de Afganistán. En un intento de eliminar los restos de la antigua civilización no islámica, los mismos talibanes que destruyeron las estatuas gigantes de Buda acabaron también con su medio de vida.

La mayoría de ellos son hazaras, un grupo étnico minoritario que constituye el 15% de la población de Afganistán. En Bamiyán, sin embargo, representan la gran mayoría. La ciudad, que se encuentra en el centro geográfico de Afganistán, es su capital cultural. Poco se sabe de sus orígenes, pero se cree que son descendientes de Gengis Jan, cuyas tropas invadieron la región a principios del siglo XIII. Sus rasgos son mongoles –nariz chata, ojos rasgados y pómulos anchos– y pertenecen a la comunidad musulmana chií, al contrario que el resto de afganos, que en su mayoría son suníes.

Los hazaras han estado durante mucho tiempo discriminados, pero una de las persecuciones más implacables y recientes que han sufrido tuvo lugar en la época de los talibanes, que ocuparon Bamiyán por primera vez en 1997. Los hazaras presentaron una resistencia feroz y en ocasiones consiguieron expulsar a los ocupantes. Sin embargo, miles de los que vivían en el centro y el norte de Afganistán fueron asesinados –masacre que ha sido documentada por la Organización Internacional de los Derechos Humanos, Amnistía Internacional y otras ONG– y otros muchos lograron huir buscando refugio en otras provincias y en el exterior del país.

Los hazaras son gente pacífica y hospitalaria. Incluso hoy día, en un país tan peligroso para los visitantes extranjeros, un turista occidental puede pasear tranquilamente por el bazar de Bamiyán e intercambiar algunas palabras con los lugareños sin preocuparse demasiado por su seguridad.

La ciudad de Bamiyán está situada aproximadamente a 250 kilómetros del noroeste de Kabul, a 10 horas en coche por una carretera polvorienta que asciende hasta el Paso de Shibar (3.300 metros de altitud) y desciende a continuación por el valle de Bamiyán, un pasillo de tierra que transcurre paralelo a la cadena montañosa del macizo de Hindu Kush y Koh-i-Baba. El majestuoso acantilado de roca arenisca, en el que fueron tallados los dos famosos budas, está repleto de miles de cuevas, la mayoría de ellas artificiales y algunas maravillosamente decoradas, en las que durante siglos vivieron los monjes budistas y los viajeros que cruzaron la Ruta de la Seda. El valle fue declarado patrimonio mundial por la Unesco en 2003, como recordatorio frente al fanatismo, como icono de lo que jamás debería haber pasado.

Muchos creen que los talibanes destrozaron las estatuas no porque pensaran que representaran a “ídolos” no islámicos, sino para empobrecer una región habitada por un grupo étnico que ellos no consideraban afgano. Querían impedir que los hazaras prosperaran gracias a un lugar conocido mundialmente y de gran potencial turístico.

“A los talibanes no les gustaban los hazaras. Querían destruir nuestra historia”, explica Habiba Sarabi, gobernadora de Bamiyán y primera y única mujer gobernadora en Afganistán. “Los pastunes, la gran mayoría de este país, dicen que los hazaras no son oriundos de Afganistán. Creen que proceden del Norte, de Mongolia o China. Así que su principal objetivo era discriminarlos”.

Nueve años después de la destrucción de las estatuas gigantes, los habitantes de las cuevas son, según la propia declaración de la Unesco, parte del “paisaje cultural” de Bamiyán. Se han convertido en guardianes silenciosos de dos enormes huecos vacíos, ya que las estatuas nunca más ocuparán su lugar, pero su memoria aún se mantiene viva. Siglos de guerras y saqueos no han conseguido acabar con un sentimiento de orgullo profundamente arraigado, el de ser los descendientes de una civilización asombrosa.

“Mi abuelo solía decirme que en el pasado los budas estaban hermosamente decorados y que la estatua del buda masculino (la más grande de las dos) tenía unos ojos enormes de piedra color azul”, dice Khadim, de 72 años, que ha pasado su vida entera en Bamiyán y ha invertido todos los ahorros familiares en acondicionar su antigua cueva para convertirla en un auténtico hogar con ventanas y paredes blancas.

“De noche, los ojos de los budas brillaban iluminando todo el valle. No sé qué tipo de piedras eran, pero debían de costar una fortuna. Y entonces un día unos ladrones las robaron”.

Si la leyenda está basada en hechos reales, aquellos ladrones actuaron por codicia. Sin embargo, el objetivo de los talibanes era destruir una civilización a través de la limpieza étnica y la destrucción de su patrimonio.

En marzo de 2001, después de haber bombardeado las estatuas durante varios días con misiles antiaéreos, los talibanes colocaron explosivos donde se encontraban los budas y los hicieron explotar.

“Me había ido a vivir a otro lugar y no estaba presente cuando los talibanes destruyeron los budas. Cuando me enteré de lo que había pasado, inmediatamente pensé que pagarían muy caro lo que habían hecho. Estoy seguro de que perdieron el control de Bamiyán a raíz de lo que hicieron con las estatuas”, afirma Khadim.

De hecho, poco después de los atentados del 11 de septiembre, los talibanes dejaron de gobernar el país cuando a finales de 2001 las fuerzas de la OTAN se instalaron en Afganistán. Las personas que se vieron obligadas a huir empezaron a volver a Bamiyán, pero sus casas habían sido incendiadas. Como única solución, algunos de ellos optaron por instalarse en alguna de las cuevas de la montaña.

En los últimos años, el gobierno local ha prometido construir nuevas casas o al menos ceder un número de terrenos y facilitar los materiales necesarios para construir. Pero hasta ahora la Comisión Independiente de los Derechos Humanos en Afganistán sólo ha realizado un estudio preliminar que ha evaluado las necesidades de las familias más pobres. Han transcurrido por lo menos ocho años desde que los últimos habitantes de las cuevas fueran realojados y les facilitaran algunos lugares adecuados para vivir. Muchos de ellos tienen poca fe en las promesas de las autoridades locales; por eso quieren pensar que la Unesco, con ánimo de proteger el lugar, decidirá finalmente trasladarlos a otro lugar. Brendan Cassar, jefe del programa cultural de la Unesco en Kabul, lo niega. “En estos momentos, las familias que viven en las cuevas no presentan ningún problema para la conservación del patrimonio”, afirma Cassar, responsable durante varios años del proyecto sobre la declaración de Bamiyán como uno de los lugares del patrimonio mundial. “Si una cueva tuviera un valor histórico significativo, podríamos pedirles, de forma amistosa, que se instalaran en alguna otra. Ha de encontrarse un equilibrio entre la conservación de Bamiyán como patrimonio mundial y la necesidad primaria de la gente pobre que precisa un lugar para vivir”.

Cassar cree que algún día, algunas de las cuevas podrían desarrollarse de manera sostenible para que puedan utilizarse como residencia o como centro turístico. “Hay otros lugares en el mundo, por ejemplo en Turquía, donde a los turistas les entusiasma la experiencia de vivir en una cueva”, afirma. “La Unesco considera que éste no es sólo un lugar que merece ser conservado por su gran valor, sino que además puede generar ingresos para la población y conseguir con ello una mayor prosperidad”.
EL VALOR DE LAS ESTATUAS

- Talladas en el siglo VI en un acantilado de roca arenisca del valle de Bamiyán, en el centro de Afganistán. La más grande, conocida por los lugareños como Salsal o “buda masculino”, tenía una altura de 55 metros. La altura de la pequeña, conocida como Shahmama o “buda femenino”, era de 38 metros.

- Los colosos fueron las mayores estatuas de Buda en pie del mundo.

- Los cuerpos de las dos estatuas fueron tallados en piedra arenisca, pero ciertos detalles como los trajes se hicieron con una mezcla de barro y paja y recubiertos de estuco.

- Bamiyán se encuentra en el corazón de la Ruta de la Seda, la antigua ruta comercial que unía China con Europa y que se convirtió en un centro comercial para miles de caravanas.

- El peregrino chino Xuanzang, que visitó Bamiyán alrededor del año 630, describió el lugar como un floreciente centro budista con “más de 10 monasterios y más de 1.000 monjes”. También relató que las dos estatuas estaban “decoradas con oro y piedras preciosas”.

- Las estatuas representaban la máxima expresión del arte Gandhara, en el que la influencia del arte heleno es claramente apreciable en las estatuas de los budas y en las pinturas. Este estilo floreció en Asia central entre los siglos I y VII.

- Los talibanes destruyeron los budas en marzo de 2001. El valle fue declarado patrimonio mundial por la Unesco en 2003.

- En noviembre de 2008, el arqueólogo afgano Zemaryalai Tarzi encontró una estatua de un “buda dormido”, de 19 metros, desconocida hasta ese momento. En la actualidad está buscando otra estatua legendaria de 300 metros de largo, “buda tumbado”, que el peregrino chino Xuanzang mencionó en sus relatos.

- En 2008, un equipo de investigadores japoneses, franceses y estadounidenses encontró en algunas de las cuevas que rodean los huecos donde estaban las estatuas pinturas que pueden ser del siglo V, lo que las convierte en las pinturas al óleo más antiguas del mundo. Representan budas cruzados de piernas, árboles y animales mitológicos.

el valor de las estatuas