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sábado, 11 de junio de 2011

Creer sin creencias /I

Elitismo para todos

Fernando Solana Olivares

La iluminación no se puede formular ni transmitir porque trasciende las palabras y la comprensión común. Es una experiencia espiritual que llega a través de la intuición.


Ilustración: Eduardo Salgado

Un breve pero muy trascendental libro del estudioso y ex monje escocés Stephen Batchelor publicado en 1997, Buddhism without Beliefs (Budismo sin creencias, Gaia Ediciones, Madrid, 2005), ha puesto en circulación a partir de tal momento una nueva perspectiva, contemporánea y actualizada, sobre aquella poderosa ciencia del espíritu descubierta empíricamente hace un poco más de 2,500 años por el antes príncipe hindú y luego renunciante a dicha condición Siddharta Gautama, conocido desde entonces como el Buda, aquel que ha despertado a la verdad acerca de la naturaleza lo real.

Ese despertar, una condición también llamada iluminación, se describe como el acto de vislumbrar el universo todo en un sistema de partes interrelacionadas, compuesto de varias formas de vida que pasan de una a otra mediante un flujo incesante de energías y apariencias. El estado del Buda, la iluminación, no se puede formular ni transmitir porque trasciende las palabras y la comprensión común. Es una experiencia espiritual directa y dinámica que llega al sujeto a través de la intuición. Sólo puede comunicarse el camino que lleva a la iluminación, y no otra cosa es el mensaje del Buda, que debe ser puesto en práctica por cada quien para conocerlo y comprobar o no su objetividad. A diferencia de la de otras figuras devocionales históricas, en la iluminación del Buda no hay revelación divina o intervención de alguna esfera suprasensible. Su verdad es descubierta por el esfuerzo de un ser humano en el mundo fenoménico del aquí y el ahora, desde el cuerpo y la mente del sujeto, sin ningún espacio o entidad metafísicos de por medio.

Ya diría Dogen, maestro japonés fundador del Zen soto en el siglo XIII, en qué consiste tal descubrimiento: “Aprender el camino del Buda es aprender sobre uno mismo. Aprender sobre uno mismo es olvidarse de uno mismo. Olvidarse de uno mismo es experimentar el mundo como un objeto puro. Experimentar el mundo como un objeto puro es abandonar el propio cuerpo y mente y el cuerpo y mente del yo-otro”.

Los textos canónicos del budismo —una designación occidental acuñada en el siglo diecinueve por estudiosos europeos para esta ciencia del espíritu— consignan catorce cuestiones metafísicas dejadas intencionalmente sin respuesta por el Buda ante las preguntas hechas al respecto por el asceta errante Vacchagotta. Dicha renuencia a afirmar o negar tales cuestiones define su condición pragmática y terráquea, el sentido de lo útil y lo inútil para el camino budista: 1. El mundo es eterno. 2. El mundo es no eterno. 3. El mundo es a la vez eterno y no eterno. 4. El mundo no es eterno ni no eterno. 5. El mundo es finito. 6. El mundo es infinito. 7. El mundo es a la vez finito e infinito. 8. El mundo no es finito ni infinito. 9. El Thatagata (otro apelativo del Buda) existe tras su muerte. 10. El Thatagata ya no existe tras su muerte. 11. El Thatagata existe y a la vez no existe tras su muerte. 12. El Thatagata ni existe ni no existe tras su muerte. 13. El sí mismo es idéntico al cuerpo. 14. El sí mismo es diferente al cuerpo.

La legendaria réplica del Buda a estas indagaciones de la curiosidad metafísica y conceptual humana, demasiado humana, sobre el origen y el fin del universo, la identidad o diferencia entre el cuerpo y la mente, la existencia o no existencia después de la muerte, condensa la esencia operativa de un mensaje inmediato y tangible, de un curso de acción personal que también se ha definido como un ateísmo religioso porque se rehúsa a aceptar la existencia de un más allá y de una deidad determinantes para solucionar lo que la mente humana no puede esclarecer por sí misma empleando la mera racionalidad: “Considerar que el mundo es eterno o no es eterno, o aceptar cualquiera de las proposiciones que enuncias, Vachagotta, es la jungla de la teorización, el salvajismo de la teorización, la confusión de la teorización, los obstáculos y congojas de la teorización acompañados por la enfermedad, la angustia, la turbación y la fiebre; lo cual no conduce a la liberación, a la ausencia de pasión, a la calma, a la paz, al conocimiento y a la sabiduría del nirvana”.

En su libro esclarecedor, Stephen Bat-chelor —quien se educó en monasterios de India, Suiza y Corea, para después dejar el monacato budista pero no la frecuentación de su práctica y el estudio reflexivo de su sustancialmente tan simple cuerpo doctrinal— recuerda que la respuesta del Buda (o el silencio, conforme tradicionalmente se le ha llamado) alrededor de dichas interrogantes consistió además en dos parcas afirmaciones provenientes de su propia experiencia iluminativa: la enseñanza acerca de la angustia humana y el fin de la misma como síntesis de su descubrimiento, y el énfasis en el único sabor que impregnaba al dharma (el camino o doctrina) budista: la libertad.

Ese “agnosticismo existencial, terapéutico y liberador”, expresado por el Buda en un lenguaje propio de su lugar geográfico y de su época cultural, es lo que Batchelor propone reformular de nuevo para adaptarlo a nuestro momento histórico y a nuestra mentalidad actual, rescatándolo así de su institucionalización religiosa, de una devocionalidad acrítica y mecánica que desde su origen nunca fue: “un sistema revelado de creencias válido para siempre y controlado por una élite sacerdotal”. Batchelor sugiere que el budismo contemporáneo debe desechar dos de los planteamientos axiomáticos que hasta ahora lo han caracterizado: la reencarnación (o más propiamente renacimiento) y el karma. El Buda, dice, no enseñó algo en qué creer sino algo que se debe hacer.

fmsolana@yahoo.com.mx