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sábado, 11 de junio de 2011

Creer sin creencias /y II

Elitismo para todos

Fernando Solana Olivares


El tiempo es el polen del Universo, afirma el Mahabharata hindú. Sin embargo, los seres humanos solemos olvidar que la realidad es un fluido ininterrumpido en constante movimiento, y que lo único permanente resulta la impermanencia de todo aquello, nosotros incluidos, que sólo existe episódicamente, así sea durante cronologías más allá de cálculos cuantificables o accesibles para la imaginación. Las religiones, artefactos ideológicos asumidos como revelaciones divinas, sufren de inexactitud porque en su adjetivación magnificada pretenden ser inmutables e idénticos a sí mismos en cualquier tiempo histórico y lugar cultural. El universo se expande y se transforma, pero no así los dogmas que la conciencia humana consagra como si fueran inalterables, restos vigentes de una mentalidad arcaica y mítica que aspira a una reconfortante ciclicidad rutinaria, siempre igual.

Stephen Batchelor argumenta que el budismo ha venido perdiendo históricamente su dimensión agnóstica —su condición fluida— al institucionalizarse como religión (“un sistema revelado de creencias válido para todos los tiempos, controlado por una élite sacerdotal”). Aquel agnosticismo existencial, terapéutico y liberador expuesto por Siddharta Gautama en los primeros tiempos del dharma ha sido reemplazado por modelos devocionales tan alejados de dicho origen que hacen creer, tanto a sus creyentes como a los miembros de otros credos metafísicos, que el Buda, el Despierto, es nada menos que un “dios” adorado entre los solemnes y exóticos rituales de una iglesia, si bien “oriental”, iglesia al fin.

El mismo término “agnosticismo”, según apunta Batchelor, ha perdido su sentido primario y su fuerza conceptual: ahora representa un “no sé” acerca de las cuestiones trascendentes de la vida y la muerte, cuando lo que debería significar es un “no puedo saber” de ello a partir de los recursos analíticos de la mente común. T. H. Huxley, quien acuñó el término en 1869, entendía el agnosticismo como un método sostenido en un principio positivo: “Sigue a tu razón hasta donde pueda llevarte”, y cuyo enunciado negativo establece lo siguiente: “No asumas que son ciertas las conclusiones que no estén demostradas o no sean demostrables”. Tal principio de reserva crítica y sabiduría empírica ha estado presente en la tradición occidental desde Sócrates, la Reforma y la Ilustración, hasta llegar a los axiomas de la ciencia moderna. Es lo que Huxley llamó la “fe agnóstica”.

“Ante todo —escribe Batchelor— Buda enseñó un método (la práctica del dharma) en vez de otro ‘-ismo’. El dharma no es algo que hay que creer, sino algo que hay que hacer. Buda no reveló una serie de hechos esotéricos sobre la realidad, que podemos optar por creer o no. Desafió a la gente a comprender la naturaleza de la angustia, a soltar sus orígenes, a llevar a efecto su cese y a hacer realidad un modo de vida. Buda siguió su razón hasta donde pudo llevarle y no asumió que alguna conclusión era cierta a menos que fuera demostrable. La práctica del dharma se ha convertido en un credo (el ‘budismo’) de manera similar a como el método científico se ha degradado en el credo del ‘cientificismo’.”

Esa referencia sobre la naturaleza de la “angustia” proviene de otra interpretación (o descontextualización) hecha por Batchelor —tan esencial como las ya mencionadas: el abandono de las nociones del renacimiento y del karma— para adecuar el mensaje budista a la mentalidad contemporánea y hacerlo volver a su agnosticismo original. Lo que se conoce como las cuatro nobles verdades descubiertas por Siddharta Gautama en su proceso de iluminación: la verdad del sufrimiento, la verdad del origen del sufrimiento, la verdad de la cesación del sufrimiento, la verdad del camino que conduce a esa cesación, gira alrededor de un término sánscrito, dukha, que tradicionalmente también ha sido traducido a las lenguas occidentales como “dolor”. Tales voces no son adecuadas para expresar el sentido cabal de dukha, y su repetición produjo la falsa impresión de que el budismo era una doctrina pesimista, negativa, incluso nihilista, la cual exaltaba el dolor como un hecho definitorio de la existencia del sujeto.

Batchelor ha preferido traducir dukha como angustia, una noción mucho más precisa para abarcar la condición de la conciencia humana. “Un budista agnóstico acude al dharma en busca de metáforas de confrontación existencial en vez de metáforas de consuelo existencial”. Así entonces, escribe este renovador notable, el dharma no es una creencia que salva milagrosamente sino un método de investigación personal a poner en práctica para afrontar la primacía de la angustia, aplicar después un conjunto de prácticas (la meditación, entre otras) ante ese dilema afectivo y con ellas obtener su solución: una perspectiva laica profundamente agnóstica basada en la razón inteligente que comprende y en la voluntad decidida que actúa.

“¿Existe —se preguntaba Cioran— un signo de ‘civilización’ mayor que el laconismo?” En este libro imprescindible Batchelor demuestra que no. La misma brevedad prosística empleada en él manifiesta cuán profundo será su alcance cultural. A pesar de la oscuridad predominante en estos días aciagos, es evidente que ya está en curso otro proceso civilizatorio fundado en la tarea creativa por excelencia: volver a las fuentes primigenias del conocimiento verdadero, beber sus aguas lustrales de nueva cuenta y obtener el viático de la originalidad: una libertad del despertar de la conciencia que hace cesar el ansia, la pena, la crónica infelicidad.

fmsolana@yahoo.com.mx