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domingo, 19 de junio de 2011

La meditación y el budismo. El sentido de la vida


La realidad, a veces, es difícil de comprender. Uno nunca termina de acostumbrarse al sufrimiento y no deja de preguntarse su porqué, el sentido de este. El sufrimiento, por unos motivos u otros, en mayor o menor medida, es algo que compartimos todos los seres sensibles. La vida tiene etapas difíciles, otros mejores … y siempre persiste esta búsqueda del corazón, este anhelo de felicidad y esa necesidad de desalojar el sufrimiento. Para Buda éste era el sentido de la vida: la liberación del sufrimiento.

La idea del ‘nirvana’ se nos puede hacer lejana, como inconquistable. Este hito de alcanzar la felicidad máxima más allá del ‘samsara’, de desnudar no sólo del sufrimiento en esta vida, sino también del acumulado en vidas pasadas (karma) y dejar, finalmente, de reencarnar, para ser libres para siempre. La experiencia de la vida nos enseña a cambiar, a mejorar, a apaciguar nuestros deseos, a equilibrar el alma. Poco a poco nos vamos haciendo más comprensivos con nosotros mismos y con los demás, más autoconscientes, más despiertos. Sin duda, esto es algo a lo que aspira toda persona espiritual, es decir, a su evolución. Aurobindo nos habló de la Evolución Futura del Hombre, de una especie de ascensión de la conciencia que nos va liberando el egotismo y nos sitúa en el Yo-Cierto, ese que aspira al Divino, al Yoga Integral, en la Unión de su Ser con el Ser Cósmico y Supramental. Quizás todo esto parezca difícil, costoso. .. una tarea por la que se requiere muchísima dedicación, quizás de cientos de vidas errante y aprendiendo, adquiriendo el conocimiento de la Verdad de la condición humana y espiritual. Quizás tengamos suficiente con un poco de paz interior, de equilibrio, de prosperidad, de la misma. ¿Por qué pedir más? Quizá sea suficiente con estar agradecidos por la vida, de ir superando, sin prisa pero sin pausa, los pequeños y grandes obstáculos que al existir nos presenta. Puede ser suficiente con valorar esas pequeñas cosas que nos pasan y que, por un segundo, nos hacen sentir felices y llenos: la lectura de unos versos, el abrazo de un padre o de un amigo, la música de Händel o la mirada de gratitud de una persona a la que ayudamos desinteresadamente. Hay tantas cosas por las que sentirse bien! Siempre que brota un resquicio de luz en nuestro interior la oscuridad pierde su presencia. Por eso, quizás es suficiente con observar el mundo con la mirada clara y luminosa de un niño que transita la vida como por un juego donde no existe la derrota, sólo el placer de jugar, sin sentir que todo juego tiene un comienzo y un final. El pilar central del budismo, donde se sustenta toda su base práctica, es la meditación. El ejercicio de la meditación supone un tiempo sagrado para el practicante budista, el cual se sitúa frente a sí mismo, ante su ‘atman’, y camina en la quietud del silencio por no-tiempo que todo segundo rodea, disipando, anula lante, para hacer un único instante, una eternidad cósmica remando por la conciencia vacía y serena de su Ser

Si bien se ha discutido mucho-en la teorización budista-sobre la existencia del Yo (recordemos la tercera de las características del ser o convertirse formulada por Buda: ‘anatmicas’, es decir, ausencia de Jo ‘) no podemos, pero, dejar de hablar del Ser, con mayúsculas, como sustrato del Yo y esencia de este. El Ser es una esencia mientras que el Yo un accidente. La meditación trabaja con el Ser y disipa las sombras del Yo, las que etiquetan, adjetiviza, nombran, categorizan, seleccionan … Todo esto no es importante en el camino espiritual budista, el primero es el reconocimiento de la ausencia de un Yo, en sentido biográfico, para trasladarlo a un Yo-Ser del que no se habla, sobre el que no se estudia, sino que se le guarda silencio. Esta es la ofrenda que se le puede hacer al Sí-Mismo: el silencio de la meditación, y, por supuesto, la ofrenda de la compasión (Om Mani Padme Hum) en la que el individuo meditador se funde con la humanidad en su esperanza por la liberación del sufrimiento para todos los seres que sienten del planeta.

Buda dijo “Aes Dhamma sanantano”: “Sólo una ley lo rige todo, una ley eterna”. Es cierto, la fuerza del ‘dharma’ lo abarca todo, comprende la pura esencia de la realidad. A menudo nos cuesta aceptar que el tiempo es una ilusión, un ignoto transcurrir donde nuestra memoria va marcando lo perdido con las señales de la melancolía y la nostalgia: el hiriente anhelo del retorno a nuestra Ítaca perdida. Esta es, precisamente, la etimología de la palabra griega ‘nostalgia’. ‘Noster’ significa ‘vuelta’ y ‘Algos’ dolor. La nostalgia es el dolor que produce el hecho de no poder volver a lo que una vez sentimos como nuestro. La ley de la vida nos enseña a ir aceptando lo perdido, a reconocer que el tiempo pasado es una pura ficción, algo que no tiene identidad ni existencia. Mirar atrás es como mirar a una nada a la semiótica de nuestra imaginación ha ido llenando de símbolos e impenetrables metáforas de lo que una vez fue. Ir hacia el recuerdo supone duplicar deformando aquello que tuvo presencia y negamos dar por perdido. El tiempo es la metáfora de nuestros sueños … nunca el tiempo, al ser pensado, tiene un valor objetivo sino que representa un adentrarse en el pensamiento filosófico e incluso religioso. ¿Debemos creer que el tiempo existe? Hemos, por tanto, creer en nuestra propia existencia? Quién soy hoy si mañana seré otro? Sin embargo, nunca dejamos de ser aunque el tiempo parezca que nos arrebatando. Recordemos la magnífica reflexión de Borges: “Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y el infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal, es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia que estoy hecho. El tiempo es un río que me toma, pero yo soy el río, es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre, es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El ‘mundo, desgraciadamente, es real, yo, desgraciadamente, soy Borges. “

Así que, si el tiempo es existencia, la pregunta sería: continuaremos siendo algo que no seamos del tiempo? Habrá tiempo más allá de la muerte, o será la eternidad, finalmente, la que revele nuestro verdadero ser más allá de lo accidental y adelante?

Como afirma uno de los principios herméticos, “el Universo es mental”, y, por tanto, la Creación se nos presenta como un fenómeno de la mente, como una maravillosa o espantosa ficción que escribimos día a día. Hay una frase del I Ching excepcional: “Grande en verdad es la fuerza de lo Creativo, todos los seres le deben su comienzo. Y todo el cielo está compenetrado de esta fuerza”. La historia de la Humanidad es el gran libro que comprende a todos. Todos y cada uno de nosotros escribimos todas y cada una de las palabras de este enigmático poema el punto y final, paradójicamente, se encarga el Tiempo de escribir para nosotros.