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lunes, 29 de agosto de 2011

El Dalai Lama prepara su reencarnación

La máxima autoridad del budismo tibetano delega su poder político en el nuevo primer ministro, Lobsang Sangay, para evitar un cisma en el budismo tibetano cuando muera
Día 22/08/2011 - 09.02h

A sus 76 años, el Dalai Lama, la máxima figura religiosa del budismo tibetano, ya está preparando su reencarnación. Es cierto que en los últimos años ha sufrido algunos problemas de salud propios de la edad, pero lo que le mueve no es la proximidad de la muerte (una etapa más en la rueda de la vida tibetana), sino la posibilidad de un cisma en dicho movimiento espiritual.

Exiliado en la India desde que huyó del Tíbet en 1959, el Dalai Lama es consciente de que, cuando fallezca, el régimen chino impondrá un sucesor (o reencarnación) al igual que hizo en 1995 con el Panchen Lama, la segunda autoridad más venerada del budismo. Intentando dividir aún más a sus fieles, Pekín nombró al joven Gyaencaen Norbu y confinó bajo arresto domiciliario al candidato escogido por el Dalai Lama, Gedhun Choekyi Nyima, un niño que se convirtió en el preso de conciencia más joven del mundo porque entonces tenía solo siete años.

Con dicho precedente, todo indica que el régimen chino no aceptará la reencarnación escogida por el movimiento en el exilio yse aprovechará de su control sobre el Tíbet para imponer un Dalai Lama títere, provocando así un cisma en el budismo. Por un lado, y como ocurre con el Panchen Lama, estará el Dalai designado por los exiliados y, por el otro, el elegido por Pekín, un títere repudiado por la mayoría de los fieles pero afín al régimen.

Para impedir que esta división mine la causa tibetana, el Dalai Lama ya ha renunciado a sus poderes políticos, allanando así el camino a un nuevo líder. Consciente de que su reencarnación no gozará de su carisma (es probable que hasta sea un niño), el “Océano de Sabiduría” hasta ha planteado elegirlo en vida para reforzar su autoridad religiosa, pero su principal interés radica en apuntalar el poder político con un nuevo primer ministro de cierto prestigio profesional. Se trata de Lobsang Sangay, un abogado de 43 años formado en Harvard que el pasado 8 de agosto tomó posesión como “Kalon Tripa” (primer ministro) del Gobierno tibetano exiliado en la ciudad india de Dharamsala. A Sangay lo ampara no solo el Dalai Lama, sino también las decenas de miles de tibetanos exiliados que votaron por él en las elecciones celebradas en abril.

“Continuaremos la política del camino intermedio y estamos dispuestos a negociar con el Gobierno chino en cualquier momento y lugar”, ha anunciado el nuevo primer ministro, que fue investido en una colorista ceremonia rodeado de monjes budistas en el templo de Tsuglakhang.

Renuncia a la independencia

Como era de esperar, el régimen chino no reconoce la autoridad de Sangay ni del Gobierno tibetano en el exilio y sigue acusando al Dalai Lama de ser un “separatista”. Todo ello a pesar de que el “Océano de Sabiduría” ya ha renunciado a la independencia y únicamente aspira ya a un Tíbet con mayor autonomía donde se respeten la religión y cultura autóctonas.

Entre sus objetivos destacan crear una sociedad tibetana laica y reforzar el liderazgo del movimiento en el exilio, no reconocido por ningún Gobierno del mundo pero apoyado financieramente por numerosos países que han construido escuelas y refugios para acoger a los tibetanos que cada año huyen a la India cruzando a pie el Himalaya. Nacido en Darjeeling, el nuevo primer ministro pertenece a esa generación de exiliados que nunca ha pisado el Tíbet y se ha formado suspirando por su independencia en el Congreso de la Juventud Tibetana, lo que hace temer una radicalización de la postura mantenida hasta ahora por el Dalai Lama.

“No hay socialismo en el Tíbet, sino colonialismo. El domino chino sobre el Tíbet es injusto e indefendible, pero nuestra lucha no es contra ningún país o pueblo, sino contra las políticas de línea de dura del régimen, contra aquéllos que niegan la libertad, la justicia, la dignidad y la identidad del pueblo tibetano”, anunció Sangay su intención de seguir luchando por la causa liderada por el Dalai Lama.