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domingo, 27 de febrero de 2011

«Shakuhachi»,meditación del soplido


JOSEP LLUÍS GALIANA
VALENCIA Conferencia-concierto de «shakuhachi» (flauta zen japonesa) club diario Levante Dokushô Villalba (maestro budista zen) y Horacio Curti (maestro de shakuhachi). 2 de febrero. Organiza: Comunidad Budista Soto Zen Luz Serena.

De herramienta para la práctica budista a instrumento musical, la flauta shakuhachi ha mantenido desde tiempos inmemoriales una estrecha relación con la tradición del zen. El maestro budista zen y presidente fundador de la Comunidad Budista Soto Zen española, Dokushô Villalba (Utrera, 1956), presentó el concierto de Horacio Curti con una breve conferencia sobre el origen del shakuhachi y su relación con la meditación zen. Acompañados por un público muy interesado en esta música y su tradición, el abad del templo Zen Luz Serena de Requena expuso las similitudes «entre la meditación zen sedente y la meditación del soplido». Ambas representan «el esfuerzo humano a través de la meditación de alcanzar estados de conciencia inconcebibles e inefables que se encuentran más allá de cualquier expresión verbal». La concentración en el flujo respiratorio y su ritmo conduce a ese estado de no dualidad. La práctica del zen y del shakuhachi debe realizarse sin esperar nada a cambio, sin esperar un resultado, un objetivo. En realidad, afirmó Dokushô Villalba, «la meditación zen no sirbe para nada». Si el principio de la meditación zen es «solamente sentarse», la práctica del shakuhachi consiste «solamente en coger el bambú y soplar».
El buen intérprete de shakuhachi debe convertirse en bambú y viceversa; objeto y sujeto se funden en un uno. «El verdadero maestro de shakuhachi, concluyó el primer maestro Soto Zen español de la historia, se convierte en el vacío al tiempo que se centra en la forma sonora».
Aunque la relación entre el budismo y este instrumento se remonta al siglo XIII, «el shakuhachi, explicó el maestro Horacio Curti (Buenos Aires, 1968), adquiere sus características actuales en manos de un grupo de monjes del budismo zen, los komuso, monjes de la nada y el vacío, quienes bajo el lema Ichi on jobutsu (iluminación a través de un sonido), desarrollaron una meditación individual "soplada" denominada suizen. En este contexto, el instrumento se consideraba objeto de práctica budista y no instrumento musical, y existían prohibiciones explícitas de ejecutar música con él». Profesor del departamento de Musicología de la Escola Superior de Música de Catalunya y profesor del Institut del Teatre de Barcelona, Curti informó sobre la bella música que fue interpretando, el honkyoku, surgido en torno a 1870, cuando los komuso son proscritos y las organizaciones sonoras del suizen comienzan a transmitirse como música. Se trata de una veintena o treintena de piezas, dependiendo del linaje o escuela, que se articulan alrededor de elusivos conceptos como el ma, que habla de la relación entre sonido y silencio».

Taller de «shakuhachi»
Curti, que impartirá un taller de introducción a la flauta shakuhachi en el templo zen Luz Serena entre los días 25 y 27 febrero, describió su instrumento como un trozo de bambú, cortado desde su raíz, secado durante años y utilizado de forma vertical; con 4 orificios al frente, 1 en la parte posterior y una embocadura cortada oblicuamente a la superficie del bambú, en el extremo superior, por donde se sopla. Parece simple —haciendo honor a la máxima japonesa de «mínimos recursos, máxima expresión»—, pero de una riqueza tímbrica inabarcable. Este discípulo del maestro Kakizakai Kaoru sensei tocó algunas piezas del honkyoku y una composición propia más próxima a la música clásica contemporánea. Con independencia del carácter y del timbre, cada pieza muestra una identidad propia, única. Es el ma, que surge de un proceso de imitación, que crea la forma. «Cuando uno controla la forma, ésta deja de existir y la trasciendes», declaró Curti.

Dos cosas protectoras /I


Elitismo para todos

Fernando Solana Olivares


El mundo está en llamas. Lo advirtió el Buda hace más de dos mil quinientos años, pero ahora, si se nos permite el uso enfático de la verdad convencional, su incendio ha llegado a cobrar proporciones dantescas. Las certezas relativas que construyeron un proceso civilizacional hoy están rotas, fracturadas, y se cumple con pavorosa perseverancia aquella visión marxista sobre la modernidad, entonces metafórica y actualmente literal, acerca de que todo lo sólido se desvanece en el aire. Todo fin de un mundo es el fin de una ilusión, y por fin sabemos que esa solidez atribuida a la realidad episódica no era tal.

También sabemos que nunca es tal: dicha realidad episódica siempre es una construcción de la conciencia humana, pero hay momentos históricos cuando los atributos supuestos, los ideales convencionales, las costumbres rutinarias y los sentidos ideológicos no sirven ya para transitar por los valles de dolor y lágrimas donde son más desdichados que de costumbre los seres humanos, donde no se cumplen sus anhelos, donde fracasa su intención existencial. La razón de ello, siendo la misma que ha sido a lo largo del tiempo, en este momento específico se ha vuelto fatal: una aguda y extendida ignorancia sobre la verdadera naturaleza de lo real.

Sin embargo, como lo real episódico, relativo, impermanente e insustancial es aún, si esto es posible, mucho más adverso y aciago que de costumbre, suelen surgir diversos instrumentos, reflexiones, conocimientos y posibilidades propios de lo que el pensamiento budista designa como la doctrina de la aparición simultánea, descrito en otra tradición como paradoja de la proximidad. En cierto modo, sin saberlo directamente pero intuyéndolo con cabal sabiduría, el poeta Hölderlin lo planteó igual: “donde crece el peligro crece también la salvación”.

Así, estando aquí el peligro creciente, aquí mismo surge de nuevo un texto que contiene la salvación. No una salvación escatológica o metafísica, teísta o providencial, sino una perspectiva de acción concreta, empírica, individual y a la vez colectiva, que de conocerse y practicarse permitiría precisamente eso: comprender y transformar, comprender y trascender, comprender y salvar. Se trata del libro Dejando atrás el sufrimiento. Enseñanzas de los discursos del Buda (Editorial Pax México, 2009), escrito por Miguel A. Romero —quien antes fue el bhikku (monje) Thitapuñño, adscrito a la tradición budista Theravada, la escuela más antigua del budismo histórico— y compuesto en mexicano, por hacer referencia a un elemento no del todo secundario para subrayar la valoración de su singular importancia entre nosotros.

Lo que el budismo Theravada llama en lengua pali Dhamma (Dharmma en sánscrito; doctrina, en español) es asombrosamente dúctil, pues sin perder su preceptiva esencial, la cual es tan compleja como al cabo resulta sencilla, ha logrado adaptarse culturalmente a lo largo de la historia en diversos ambientes y sociedades ahora occidentales, según viene ocurriendo desde el siglo diecinueve cuando el filósofo Arthur Schopenhauer conoció la filosofía budista, fue deslumbrado por ella y comenzó su incorporación, así fuera discursiva y por ende descontextualizada, al pensamiento de la modernidad. Así se inició un proceso hasta hoy ininterrumpido considerado por Mircea Eliade, entre otros, como el acontecimiento central del siglo XX: el descubrimiento por el Occidente de la sensibilidad, la doctrina y la psicología profunda del Oriente budista, de la ciencia del espíritu establecida en el siglo VI a. C. por un príncipe nacido en la ciudad de Kapilavastu, el cual, en palabras de Jorge Luis Borges, “no se ha hecho culpable de ninguna guerra y ha enseñado a los hombres la serenidad y la tolerancia.”

Producto de varios años de aprendizaje práctico y reflexión en las enseñanzas del Buda, el Despierto, conforme Miguel A. Romero señala en el prólogo a estos ensayos, pláticas recopiladas y traducciones de textos canónicos provenientes del canon Pali que representan un pequeño bosquejo de su amplia enseñanza, Dejando atrás el sufrimiento atiende lo que el mismo autor define como “factores, eventos y procesos pertinentes al mundo de la mente —la especialidad del Buda”, cuyo conocimiento puede inducir el despertar en quienes, poseedores de una cierta sabiduría, se encuentren al borde de una madurez que ofrece la metodología vivencial del budismo conocida como el Noble Óctuple Sendero: entendimiento correcto, intención correcta, lenguaje correcto, acción correcta, modo de subsistencia correcto, esfuerzo correcto, atención correcta y concentración correcta.

La moral budista, escribe Romero, difiere de los sistemas teístas de las grandes religiones porque no es etnocentrista ni homocentrista ni autoritaria. Su objetivo no es alcanzar la moral en sí, porque ésta es solamente un soporte necesario para que la mente del sujeto alcance el fin del sufrimiento a través del imperativo esencial budista: preservar, descubrir y llegar finalmente a la verdad. Como diría el mismo Buda: “la inamovible liberación de la mente, lo que constituye el objetivo de esta vida santa, su esencia y finalidad”.

El mundo se deshace, pero el mundo puede recomponerse. Se trata de comprender lo real mediante una muy antigua y a la vez inédita manera para establecer culturalmente otra urgente y lúcida disciplina moral.

La presentación de Dejando atrás el sufrimiento. Enseñanzas de los discursos del Buda será este viernes 25 de febrero a las 19 hrs. en Bradley 47, casi esquina con Gutenberg, col. Anzures. La entrada es libre.

fmsolana@yahoo.com.mx