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martes, 21 de febrero de 2012

Rosarinos que buscan otro tipo de calma

Cada vez son más que los que hacen zazen, una práctica que nació en Oriente hace más de 2.500 años. Se sientan en posición de loto, respiran y aseguran que el mundo andaría mucho mejor si se propagara esta experiencia. Un día en el dojo zen, algo así como la sede de Buda en el centro de la ciudad
Una práctica que en la ciudad suma más y más adeptos.
Una práctica que en la ciudad suma más y más adeptos. (http://zazenrosario.blogspot.com/) Ampliar Imágenes
Tomado de Rosario3.com Argentina
Virginia Giacosa
Sábado 10 am. Un muchacho alto con bigote delgado abre la puerta de la casa de Dorrego 372. Con ojotas y una túnica negra –que más tarde dirá que se llama kesa y es la vestimenta que el Buda confeccionaba con pedazos de tela que siguen los trazos exactos de un campo sembrado de arroz– saluda y da la bienvenida. Se llama Luis y es el monje encargado esta mañana de impartir la iniciación de zazen en el dojo zen de Rosario. En el ambiente reina el silencio y flota el aroma de un incienzo.
El zazen tiene una historia de más de 2.500 años en Oriente pero en los últimos años sumó una gran cantidad de seguidores en Occidente. Ponerlo en práctica no es una tarea sencilla. Hay que sentarse en el suelo, adquirir nada más y nada menos que la posición del Buda, mirar contra la pared y no pensar en nada. Seis personas esta mañana se aprestan para sentarse en la forma más conocida como de flor de loto y dar comienzo a esta actividad que en algunos casos se prolonga hasta las dos horas.


“La postura no es muy cómoda, es más bien áspera. Por eso hay que estar decidido a tomarla. No se suman multitudes, pero desde que empezamos en la zona sur de la ciudad somos cada vez más”, resume Cristina Lorente, monja y practicante de zazen. Estar atento a la respiración, encontrar el equilibrio perfecto de esa posición y recuperar el estado de quietud, algo que parece un sueño en estos tiempos, son los únicos requisitos para llevarla a cabo. 


La práctica llegó a la cuidad a través del maestro Kosen –discípulo del japonés Taisen Deshimaru y que este miércoles estará de visita en el dojo local– que cuenta con una gran zanga o equipo de aprendices rosarinos. La rama que siguen los rosarinos es la del budismo zen de raíz japonesa. Aunque el budismo se inició en India luego se diseminó a China, donde se fusionó en parte con el taoísmo, y por último, prendió en Japón donde en cierta forma adquirió una identidad propia. "Tenemos una línea directa, una suerte de linaje transmitido desde el Buda, de boca a oreja, hasta nuestros días", dice Cristina.


Aunque no existe un dogma en relación al zazen, aquellos que se ordenan como monjes toman un compromiso más directo y tienen una vida alrededor de la práctica. Pero cualquiera que esté interesado puede acercarse a vivir la experiencia. De hecho, quienes se acercaron este sábado lo hicieron por primera vez, por lo que deben pasar por un recorrido por el dojo para conocer algunas reglas y luego se sumergirán en la meditación.
"Todo viene de adentro hacia afuera. Nadie te dice que tenés que dejar de hacer. De a poco, la práctica modifica la vida de forma genuina. Uno se vuelve tan íntimo con uno que puede elegir que quiere y que no quiere hacer", agrega Cristina, que hace largos años se volcó a la experiencia y sostiene que si todos lo hicieran hasta el rumbo del mundo sería diferente, ya que lo que la idea principal que se persigue es no hacer mal a nada ni a nadie.
"Permite conectarnos con esa cuestión colectiva que tienen los animales, el ser humano la perdió en pos de un conciencia individual. El zazen permite cambiar la visión, todo aquello que antes de la práctica nos parecía una realidad única e indiscutible. Uno se vuelve más amoroso, más solidario, se enoja menos", cuenta con una sonrisa que es se ve tan ancha como sincera.
Todo comenzó cuando se reencontró con un vecino que hacía mucho no veía. Le preguntó por qué estaba tan bien y aquel hombre le habló de la práctica del zazen. Desde ese momento, concentrarse, abandonar ese monólogo permanente y loco que se suele dar internamente en la cabeza y ante todo respirar, se convirtió para ella en algo tan natural como tomar agua, charlar con amigos y andar en bicicleta.
Cristina es nadadora y profesora de natación. Casi toda una vida entrenó en ese deporte para diferentes competencias. Los que nadan aseguran que el nado es como meditar en movimiento: uno no puede pensar en nada más que en las brazadas y por eso se hace necesario vaciar la cabeza. Y algo de eso hay en el zazen: uno está ahí y lo demás no importa. Uno deja de lado los pensamientos y a partir de ahí aparece otro pensamiento, otro estado de conciencia. Claro, que como cualquier otro entrenamiento precisa de una disciplina. "Uno cuando empieza a nadar, primero traga agua, siente que se ahoga, se cansa, no sale nadando mariposa. Con esto es lo mismo. Al principio cuesta, pero cuando lo lográs, soltás, relajás, echás el peso y entrás en un estado de conciencia diferente", sostiene.


Luis entrega a cada uno de los nuevos un zafu, que es un almohadón redondo y acolchado, para sentarse. Al mismo tiempo, da las pautas que se tienen que tener en cuenta a la hora de ingresar al dojo: dejar los zapatos afuera con la punta hacia adelante (con la idea de abandonar cualquier carga antes de entrar), entrar con un determinado pie y salir con el otro sin olvidar de hacer una pequeña reverencia frente a un altar donde hay flores, algunos instrumentos que se utilizan en medio de la práctica, sutras (que son los cánticos) y una imagen de Buda.
"Todo comienza sentándose una media hora, todo depende del monje que dirige y de la energía del grupo. Después se hace un kin hin, que es una caminata con pasos pequeños en un estado de concentración", agrega Cristina.
Para los que comienzan por primera vez, es común sentir que las piernas se duermen, se acalambran o pierden la movilidad. Pero cuando se comienza esa caminata, que también es meditativa, es sorprendente cómo el peso del cuerpo a la piernas, primero a una, después permite volver a sentirlas y caminar casi sin esfuerzo. Luego se retoma la postura en el suelo hasta el final del zazen donde se termina con tres o cuatro posturas que llevan la frente y la cabeza al suelo. "Las llamamos posternaciones, pero no son ante nadie. Tienen que ver más que nada con volver al contacto con la tierra que nunca deberíamos haber perdido. A veces tenemos más los pies que la cabeza en la tierra y eso es un problema", dice Cristina.
Hay muchos mitos alrededor del zen. Se lo suele asociar al silencio y también a cierta calma artificial. Incluso, hay muchos que lo practican que a veces se encuentran con quienes les dicen: "no tenés nada de zen". Para quienes están involucrados en la práctica son prejuicios pero también desconocimiento. "Tratamos de llevar una vida equilibrada, pero no todos comemos verduras, nos tomamos una cerveza, hay quienes preparan un asado. Y podemos decir que las mejores fiestas de nuestra vida fueron las del templo. Somos gente divertida", asegura Cristina.