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viernes, 4 de enero de 2013

Todas las formas de llegar al nirvana

En un trabajo de investigación y relevamiento titánico, Alberto Silva indaga en varios tomos el periplo desde El nacimiento hasta la actualidad del pensamiento zen.

POR Mario Nosotti

No es sencillo abordar discursivamente un fenómeno múltiple, de rasgos inefables, potencialmente extraño a nuestros paradigmas. No al menos sin caer para eso en lo codificable o en la asimilación al supermercado de experiencias propio de la cultura occidental. Este es el desafío que enfrenta Alberto Silva –poeta, traductor, especialista en temas japoneses–, el de constituir un método para poder dar cuenta de un objeto que por su misma inaprensibilidad, su vacío pregnante, ha sido germen de infinidad de explicaciones, usos y distorsiones. Y la técnica a usar será la del asedio, como ese sobrevuelo del halcón que empieza a vincularse con su presa en forma inevitable.
El presente trabajo –único en estas pampas por su exhaustividad y variedad de abordajes– proyecta cuatro volúmenes, de los cuales acaban de aparecer los dos primeros: Zen I Ruta hacia Occidente , y Zen II ¿qué decimos cuando decimos experiencia?
A Silva le interesa pensar el discurrir del Zen como fenómeno histórico y cultural para escuchar de qué forma nos habla a nosotros, occidentales siglo XXI, y para qué puede servirnos. Y la hipótesis es que su influencia puede ser decisiva en la transformación radical del individuo y de la sociedad.

Contra el cliché
A diferencia del modo de abordar el tema de D. T. Suzuki o Deshimaru –dos de los principales divulgadores del Zen en Occidente– desde la entraña misma del fenómeno, Silva se ubica en un entre. Su experiencia personal, su práctica y su conocimiento le permiten abrirse hacia un sentido ajeno al de su propia tradición; pero a la vez su origen y su formación le permiten aprovechar categorías propias de nuestro pensamiento.
De movida el autor nos invita a dejar en suspenso todo lo que creemos saber sobre el Zen –vulgata que incluiría ser rama del budismo, filosofía japonesa, forma de meditación o de control mental y sello estético entre otras– para de esta manera aventurarse a descubrir su propia lógica. Silva se ajustará a tratar una forma concreta del Zen, aquella que florece en Japón a partir del s. XIII de la mano del maestro Dôgen, el fundador de la escuela Soto. Así el primer volumen da cuenta de la progresión histórica del Zen –una compleja amalgama de elementos procedentes de la tradición india, china y tibetana– en su camino “deshilachado y disperso” hacia el Occidente actual.
Al autor le interesa indagar en la penetración que lenta y sin aspavientos se da desde hace un siglo desde Oriente a esta parte, a contramano del consabido y aparentemente inevitable proceso de occidentalización. De esta forma, el Zen sería un aporte decisivo en el proceso de la actual “revolución metafísica” de la que habla el filósofo alemán Peter Sloterdijk; revolución que parte del legado de pensadores como Nietzsche, Bergson, Freud y Heidegger, propulsores de un modo de pensar al margen del idealismo y la subjetividad, y críticos del ego metafísico. Y es a través de la lengua alemana y del sustrato fértil de la obra de Heiddegger que el Zen emprende su trasvase a Occidente, un proceso que aún continúa.

Palabras orientales
Para una buena parte de la filosofía occidental, la palabra experiencia es cuando menos sospechosa, vinculada a la subjetividad y más bien una piedra en cuanto acceso a lo real. Sin embargo, Silva encuentra en una distinción de la filosofía antigua –por un lado un pensamiento de la abstracción (concepto de skolé) y por otro un pensar que surge de un estilo de vida (háiersis)– la base para hacer hablar al Zen. Porque para Dôgen el Zen es básicamente un acontecimiento: zazen (sentarse, atento a la respiración para, en el mejor de los casos, sin buscarlo, arrancarse de sí). El Zen acepta ser fuente de conocimiento a condición de que el mismo esté constantemente resignificándose en la práctica. Busca un hacer que transforme nuestro “modus vivendi”.
Y es aquí donde Silva abre una veta poco habitual en este tipo de estudios. Más que pensar el Zen como experiencia, nos propone “experimentar un Zen capaz de destilar un pensamiento”. En este sentido la propuesta de Silva es casi una propedéutica. La práctica de Zen confluiría en un tipo de discurso capaz de devolver al lenguaje gastado su condición de “palabra viva”. Varias veces el autor se refiere a esas “hebras de lenguaje”, como restos latentes que la marea del Zen deja sobre la playa.
La pregunta de fondo es, como bien advierte Silva: ¿cómo se relaciona la dupla experiencia-palabra? “El Zen busca continuamente releer toda versión convencional del mundo e incluso de sí mismo, a fin de orientarse cada vez hacia una elocución intempestiva de si”. Como pensamiento –siempre trenzado en su práctica, zazen– constituye un discurso donde lo que se ha dicho está siempre migrando hacia lo por decir. Dice Dôgen: “Zen es pensar, no pensar y sin pensar”. Una práctica que genera un discurso que a la vez se disuelve en la práctica para emerger inédito de esta. Y para hacer hablar a este ejercicio, modesto, pero de resonancias incalculables, es claro que los recursos normales no alcancen. Por eso muchos de los interlocutores de Silva en este ensayo son poetas (Philip Larkin, Rilke, J. L. Ortiz, Nicanor Parra) y por eso es que él mismo es un fino traductor de esa poesía extrema, el haiku , forma que aspira a captar lo instantáneo y nombrar la experiencia sin sujeto de la que habló Bataille.
Para cerrar quizá sirva aclarar que el Zen no se resiste a la teoría; sólo sonríe un poco cuando el discurso explicativo amenaza borrar la sed de una insistencia.

miércoles, 2 de enero de 2013

Primer ministro chino empieza 2013 en zona tibetana afectada por inmolaciones

Miércoles, 02/01/13 - 06:35

El primer ministro chino, Wen Jiabao, ha comenzado su agenda política de 2013 -el año de su retirada- en la provincia occidental de Qinghai, donde el año pasado decenas de tibetanos fallecieron tras inmolarse en protesta contra el régimen.
Temas
Pekín, 2 ene.- El primer ministro chino, Wen Jiabao, ha comenzado su agenda política de 2013 -el año de su retirada- en la provincia occidental de Qinghai, donde el año pasado decenas de tibetanos fallecieron tras inmolarse en protesta contra el régimen.
Según informó hoy el diario "South China Morning Post", Wen, ataviado con el traje típico tibetano, celebró el cambio de año por tercera vez consecutiva en la localidad de Yushu, habitada mayoritariamente por la citada minoría étnica y que en 2010 sufrió un terremoto en el que fallecieron 2.700 personas.
Wen señaló en su visita a uno de los monasterios locales que esos templos "deben ser un lugar limpio y puro, en el que los monjes respeten los mandamientos religiosos y construyan una positiva imagen social".
Las declaraciones se interpretan como una advertencia del líder a los intentos, según Pekín, del estamento religioso tibetano de animar a jóvenes monjes y simpatizantes a inmolarse como forma de protesta contra la ocupación de China y la negativa del régimen a permitir el regreso de su líder espiritual, el Dalai Lama.
Desde 2009, al menos 80 tibetanos han muerto en cerca de un centenar de inmolaciones o intentos de inmolación en Qinghai y otras zonas del oeste de China habitadas por la minoría étnica (Sichuan, Gansu o la misma región autónoma del Tíbet).
Analistas apuntaron hoy en el diario hongkonés que con el tercer viaje al Tíbet el primer ministro chino también busca mejorar su imagen a medida que se acerca el momento de su retirada, cuando, en marzo, ceda la jefatura de Gobierno al ahora viceprimer ministro Li Keqiang.
China considera al Tíbet parte del país desde hace siglos, por uniones dinásticas y conquistas en la época imperial, si bien para los tibetanos en el exilio el "Techo del Mundo" era virtualmente independiente hasta que fue ocupado por el Ejército comunista en 1951.
(Agencia EFE)

martes, 1 de enero de 2013

¿Alcanza el budismo la plenitud humana con el Nirvana?


Sí. Ese es, precisamente, el gran objetivo del budismo, calificado como «la cumbre del ascetismo filosófico-religioso de Asia”. Su meta última consiste en conseguir el Nirvana como estado de perfecta liberación que equivale a la plenitud humana. La doctrina budista ofrece la imagen de la persona que atraviesa un puente con dos pilares, el de la sabiduría y el ascético, para llegar a la otra orilla y para encontrarse con la meta deseada, el Nirvana. En sentido estricto y tal como afirma sobre Dios, el budismo es una sabiduría humana y no una religión. Tiende hacia “algo sagrado” (ese no-yo sobrehumano) pero nunca hacia el Dios personal con quien mantener relaciones de dependencia. Los valores y experiencias del impulso de trascendencia configuran las raíces espirituales que forman parte del budismo, como recientemente de la nueva era y de los nuevos movimientos religiosos.
La doctrina budista viene a ser una especie de secularismo pre-cristiano que impregna la visión del mundo y del comportamiento en una existencia dedicada a la nada. Algunos criterios del budismo están presentes en los Nuevos movimientos religiosos, especialmente en la New Age, cuando presentan una espiritualidad sin un Dios personal.
Este artículo ofrece en plan de síntesis al protagonista de la escalada budista, cómo concibe la meta o Everest y cuál sea la ruta que sigue con los criterios y técnicas que utiliza. A modo de apéndice, la respuesta al budismo como religión laica y no como religión estricta.

El protagonista
El centro del budismo, a diferencia de otras religiones, es el hombre que puede por sí mismo liberarse y alcanzar determinado grado de felicidad o nirvana. Para comprender al budismo hay que partir de las tres joyas: “yo pongo mi confianza en Buda, en la ley-dhamma y en la comunidad”.
¿Qué rasgos caracterizan al budista? Uno de ellos es la visión del mundo un tanto pesimista y que condiciona las relaciones interpersonales. El eje de todo es el sufrimiento universal. Como todo es dolor, el remedio será moderar la sed de vivir; renunciar al confort, a la seguridad, al amor, a la familia, y a la misma amistad. El culmen es un pesimismo radical puesto que hay que ignorar al mundo, aniquilar la sed de conocer y el placer de discutir o de convencer.
Junto al pesimismo, la tolerancia caracteriza al seguidor de Buda. Frente al occidental, dogmático, seguro e intolerante, el budista desconfía de las ideas y de la abstracción, pues el mundo no está hecho de ideas, sino más bien de cosas y de fenómenos. Que cada uno encuentre su lugar, se vacíe de sí mismo para experimentar el ser. Lo interesante no es tener bellas teorías sobre el mundo para explicarlo, sino hacer el vacío en sí mismo para vivir con el mundo.
Y como tercer rasgo del budista sobresale su espíritu ansioso de liberarse por la meditación para llegar al nirvana. El fin al que aspira es el nirvana como un estado en el cual se produce la liberación, la cesación del dolor, el ámbito de la paz absoluta, de lo totalmente otro del mundo, y, por consiguiente, hace referencia a un estado de salud o salvación.

La meta: el Nirvana como salvación en este mundo
La meta última del budismo consiste en conseguir el Nirvana como estado de perfecta liberación que equivale a la plenitud humana. En un sentido amplio, el Nirvana es un tú trascendente; es como lo incondicionado, la otra orilla, lo difícil de ver, algo sin tiempo, eterno, más allá de toda multiplicidad, sin muerte, bienaventuranza, ausencia de toda angustia, como una isla, un refugio de reposo seguro. Viene a ser como un tú impersonal y trascendente que condiciona la vida presente. Las cuestiones relativas del alma inmortal son secundarias, hasta perjudiciales frente a la salvación “laica”.
El nirvana se reduce a una salvación secularista, dentro de este mundo, sin sentido escatológico. Indica el nirvana la salvación como meta definitiva del camino budista. Es como el ámbito de la paz absoluta, radicalmente distinto del mundo. El nirvana conlleva la completa extinción del impulso de la voluntad que se manifiesta en el deseo, el odio y la ceguera, tal y como se afirma convulsivamente en la vida. Pero el nirvana no es simple aniquilación ni tampoco la vida eterna.
¿Cuándo se experimenta el nirvana? En el momento en que el budista ha alcanzado la plena extinción de las pasiones, la paz interior y absoluta. La felicidad se consigue cuando no hay sensación alguna, cuando se alcanza la liberación de la necesidad de aferrarse a la existencia, cuando se obtiene la absoluta libertad interior. Pero al llegar a este punto Buda se niega a responder si el budista perfecto continúa viviendo después de la muerte o no. ¿Posee algún Evangelio o Corán dictado por Dios? La revelación del budista afirma precisamente que no hay verdad revelada. No predica salvación sino la liberación por la adhesión a las verdades que descubrió.

Un dios laico
Dios con minúscula, porque en el budismo queda reducido a un «tú laico» de la trascendencia o divinidad. Pero no todos opinan igual. Para unos, el budismo es únicamente una metafísica combinada con una ética. En una palabra, una sabiduría más que una fe. Razones: el budismo no afirma la existencia de un dios personal y rechaza la existencia de un alma individual; el culto parece reducirse a la meditación y a la ascesis. La existencia de un Dios que crea y gobierna el mundo es considerada por Buda como una ilusión. Dios como ser supremo o personal, tal y como aparece en las religiones monoteístas, es rechazado. En este sentido el budismo es una religión sin Dios, o por lo menos, indiferente.
Pero otros opinan que Dios es el Nirvana, lo completamente distinto, lo trascendente. En el budismo existe un no-yo trascendente bajo otros conceptos diferentes al del Dios absoluto y personal. El budista habla de la vacuidad que indica lo Absoluto, descubierto con el yoga y lo que une a los seres diversos. En el grado supremo de la experiencia mística el hombre comprende que vacuidad es la expresión de la realidad más profunda, de lo Absoluto, de aquello que la teología cristiana llama Dios. Los mismos conceptos de Nirvana y de Dhamma se identifican con el de vacuidad. Si Dios es realmente lo Absoluto, entonces es todo esto a la vez: Nirvana, en cuanto que es meta del camino de la redención; Dhamma, en cuanto que, como ley, determina el cosmos y al hombre; Vacuidad, en cuanto que se sustrae una y otra vez a todas las determinaciones afirmativas; Buda primigenio, en cuanto que es el origen de todo lo que existe. Clara es la conclusión: la relación no es con el Dios personal sino con lo trascendente

El camino-puente para llegar al Nirvana
La doctrina budista ofrece la imagen de la persona que atraviesa un puente con dos pilares, el de la sabiduría y el ascético, para llegar a la otra orilla y para encontrarse con la meta deseada, la plena autoliberación en el Nirvana.
Y ¿qué hacer para la autoliberación? Además de la práctica de las siete virtudes − fe, voluntad, lenguaje, acción, aplicación, medios de existencias y memoria −, está la meditación pura para llegar a la verdad suprema que extingue todo sufrimiento. Gracias a la meditación se consigue la iluminación del estado de nirvana después de haber obtenido la perfecta purificación.
La meditación exige, además, renunciar a poseer y hasta desear unos bienes y olvidarse de sí mismo para atestiguar una comprensión, benevolencia, un espíritu de servicio universal. Junto a la meditación liberadora se da en el budismo una moral que no es, precisamente un código de prohibiciones, ni un decálogo. Es una actitud universal frente a la existencia. Se ha dicho: «para el budista, más que de obrar bien o de ser caritativo, se trata de evitar todo lo que pueda hacer daño a una criatura. El sabio budista es impasible, sereno, pero benévolo».
Para cultivar la meditación está la escuela del Zen que cuida el control de la mente, de la respiración y del cuerpo para que muera el yo ilusorio y nazca el yo real que despierta para ver de verdad.
Los preceptos. Aunque no existe un código ético imperativo, sí se aconsejan diez preceptos en el budismo: 1º Abstenerse de destruir la vida; 2º de robar; 3º de fornicar y de otras impurezas; 4º de mentir; 5º de licores y bebidas fuertes; 6º de comer en horas prohibidas; 7º de las danzas, cantos y espectáculos; 8º de adorar o de embellecer el cuerpo; 9º de la cama buena; 10º y de recibir oro y plata.
La doctrina budista conoce y enseña el heroísmo como don en favor de los demás. ¿Con qué finalidad tanta renuncia y entrega? Por la salvación última, por el ideal de autoliberación − el nirvana − y por la ley del karman: cada uno recibe en esta vida − y en las reencarnaciones sucesivas − los premios y castigos que merece por sus obras.
La conducta del budista consiste en participar en la vida de la iglesia (Sangha) a fin de realizar el dhamma-ley a imitación de Buda, su Fundador.
El culto en el budismo. Está dirigido hacia el tú trascendente concebido como Absoluto, pero que no es el Dios personal y que orienta el culto y la vida consagrada. Son los modos diferentes de relacionarse con dios − mejor, dioses − en las distintas religiones. Al profesar una actitud indiferente o agnóstica cuando no atea, el culto en el budismo resulta un tanto paradójico. Pero existe un culto popular y una entrega total en los monasterios.
La mística como relación con lo trascendente-absoluto
La meditación es toda una escuela para conseguir la unificación y paz interior y para llegar a la iluminación liberadora. Se tiende hacia el descubrimiento de la propia realidad o del propio ser más profundo, el Absoluto inmanente «que algunos llaman trascendencia interior». La llegada a esta iluminación produce la salvación en el Nirvana, en la perfecta iluminación. Toda mística es una búsqueda del Misterio infinito de Dios. El cristianismo es una mística del encuentro interpersonal con Dios Amor. La mística budista queda abierta al infinito, a lo indecible. El más allá queda siempre como sorpresa.
El budismo, religión laica
Discuten los expertos sobre la condición religiosa del budismo: ¿es o no es una religión el budismo? Puntualicemos. Si por religión entendemos la dependencia y relación del creyente con un ser personal y creador, el budismo no es religión. Ahora bien, si por Absoluto entendemos una realidad supramaterial con la que el yo humano entabla relaciones, sí existe religiosidad en el budismo. El budismo es una religión laica, y no es peyorativa la calificación. También los Nuevo Movimientos religiosos, especialmente la Nueva era propugna una espiritualidad sin Dios. En todos ellos existe una espiritualidad, una religiosidad laica, pero sin relaciones con el Dios personal tal y como encontramos en las religiones monoteístas que fundamentan el judaísmo, islamismo y cristianismo.
Para un tema polémico las palabras del Vaticano II favorecen más la concepción del budismo como sabiduría y terapia sin hablar de la relación con un Dios personal: «En el budismo, según sus varias formas, se reconoce la insuficiencia radical de este mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con un espíritu devoto y confiado, pueden adquirir ya sea el estado de perfecta liberación, ya sea la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos apoyados en un auxilio superior» (NA 2). De este apoyo en un auxilio superior no se deduce la vinculación con Dios o Ser abs
oluto.