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lunes, 28 de julio de 2014

Mandalas, de los celtas a Jung


Los mandalas son formas concebidas como una herramienta a la que se atribuye la capacidad para obtener, paz, claridad mental, sabiduría, así como de derramar y transmitir energías curativas y positivas a todo el mundo que se les aproxime.  
Mandalas, de los celtas a Jung.
                                                                       Mandalas, de los celtas a Jung.

Los mandalas no son atributo de ninguna creencia en concreto, tampoco es ningún producto asociado a la New Age ni a ninguna corriente de pensamiento concreto, simplemente es otra forma de meditación cuyo misterio lo constituye la paciencia y el mayor logro aquietar la mente. Su forma clásica de laberinto o entramado ha sido representada por el hombre desde el principio de los tiempos.
Su forma más popular  se percibe como una composición geométrica con variadas formas. Según el budismo tibetano, la meditación sobre sus formas constituye una especie de entrenamiento para conseguir la iluminación, los monjes tibetanos ven en él una especie de palacio tridimensional, siempre con un centro, donde se supone que reside la divinidad. Digamos que se trata de una especie de plano o mapa para transformar las mentes ordinarias en iluminadas, o la mente en conflicto en serena.
Existen muchas clases de mandalas, me referiré en primer lugar a los tibetanos ya que tanto por sus ritos como por sus características (formados con arena) son únicos.
Por lo general un Gran Maestro elige el modelo especifico que será creado por los Monjes. Antes de comenzar la construcción, se purifica y santifica el lugar mediante ritos de cantos sagrados y música, lo siguiente será tratar por parte de los participantes de memorizar la forma del diseño, observando las diferentes formas que a lo largo de los días llenarán con millones de granos de arena  coloreada.
Mientras dura la labor, los monjes acompañan la colocación de granos con cantos y meditaciones que invocan las energías divinas que supuestamente viven en el interior de ese palacio cósmico tridimensional que ellos están ayudando a materializar para finalizar consagrando el mandala y solicitando bendiciones curativas de las deidades, una vez conseguidas, esas bendiciones se distribuyen a todo el mundo que haya participado y contemplado esa obra final, y,  en un acto que simboliza la naturaleza temporal de la existencia, se procede a su barrido y dispersión en agua corriente que simboliza el reparto de bendiciones en una unión con el Todo y a veces el deseo de Paz en el mundo.
Los mandalas “técnicamente”  pueden tener diferentes formas geométricas: pueden mostrar círculos, cuadrados, triangulos… La forma exterior, es decir lo que se percibe a simple vista se denomina “Yantra” pero cada detalle tanto de su diseño como en su posterior construcción tiene su significado simbólico, por ejemplo: el fuego está representado por un triángulo rojo, el agua por un círculo, la tierra por un cuadrado amarillo, la espiral simboliza la evolución del universo y sin perder de vista el inevitable laberinto,  le siguen otras innumerables correlaciones entre  materia y formas geométricas.
En cuanto a los materiales pueden realizarse no solo en arena sino en tela o papel que posteriormente se colorean; existe una constante en casi todos los diseños y es colocar la representación de la divinidad en el centro; para poder llegar a ella habrá que atravesar los diferentes niveles tal como si atravesáramos un laberinto, como si ese laberinto fuese nuestra propia existencia que nos lleva y nos confunde no siempre por el camino directo en el logro de nuestros objetivos. Es decir: una iniciación en toda regla.
Para acercarse a los mandalas hay que mostrar una correcta predisposición, la esencia de trabajar en ellos presupone mantener durante el proceso una voluntad de claridad mental, concentración y apertura a la fuerza espiritual que se presupone desprende el trabajo en su realización. Lo que si existen son, ciertos “niveles”, aunque se les supone que desprenden una fuerza misteriosa benefactora para todos, sus mismos diseños a veces señalan los tipos mas adecuados o elementales para gente no habituada y otros mucho más complejos para personas, o bien mas familiarizadas con ellos, o que ya han obtenido cierto nivel de iniciación.
El Mandala Kalachakra
Es la culminación o excelencia del Mandala Tibetano, se traduce como “Rueda del Tiempo”, que por otra parte es el nombre de una de las divinidades Budistas y está basado en uno de los textos sagrados tibetanos, el Kalachakra Tantra, que, según la tradición fue enseñado por Buda al rey de Shambala; representa los aspectos particulares de una mente iluminada y forma parte del sistema de enseñanzas impartida por Buda a sus discípulos; tradicionalmente la iniciación a este Mandala ha sido un secreto celosamente guardado.
Creado durante más de tres semanas en el Monasterio Namgyal de Dharamsala en India, es una representación sobre la impermanencia de la vida, así como las diferentes etapas que deben recorrerse en el camino de la iluminación. 722 divinidades o manifestaciones de la suprema divinidad Kalachakra están representadas en el interior de un circulo de unos dos metros de diámetro en formas de miniaturas humanas, animales y vegetales, así como formas abstractas y sílabas en Sánscrito.
Solamente para verlo se requería un periodo de iniciación de 12 días de rituales, y eso, para los practicantes del Budismo Tibetano,  sin embargo el Dalai Lama, reconociendo los conceptos erróneos a que no obstante se asociaban a su visión, determinó mostrarlo al mundo para que pudiera contemplarse como  ofrenda y bien cultural.
Los Mandalas, insisto,  no son patrimonio exclusivo de ninguna cultura ni de ninguna religión pues se encuentran en la mayoría de ellas, no con ese nombre, desde luego, pero si con enorme coincidencia en las formas. Pueden hallarse desde el inicio de los tiempos y en las manifestaciones más primitivas, desde los dibujos de arena de colores de los navajos y el calendario maya hasta los complicados diseños celtas, pasando por las plantas de (sobre todo) templos y lugares de culto, y  también en el Arte y Arquitectura islámicas.
¿Que pueden hacer los mandalas por nosotros?
Bien, pues en principio si se decide uno a probarlo, parece que quien se acerca a estas formas como herramienta de meditación y buscando la paz mental, suele encontrarla. Hoy en día pueden encontrarse en librerías, ejemplares en los que no solo explican el significado de cada uno de ellos sino que se incluyen bastantes muestras para colorear por uno mismo. Aconsejan la simple contemplación de la figura durante unos minutos, una actitud predispuesta a la meditación, el alejamiento de otras distracciones, es decir, la vaciedad de la mente y centrarse en su imagen mental.
En el caso de pintarlos parece según la teoría de C.G. Jung que esa actividad se demuestra como una terapia muy efectiva para que el individuo se descubra a si mismo sin necesitar ningún especialista salvo un poco de tiempo, una actitud apropiada, un poco de tranquilidad y lápices de colores, pinceles o rotuladores. Según lo expuesto en su libro Recuerdos, Sueños y Pensamientos nos dice: “vi que todos los caminos que había seguido, todos los pasos que había dado, conducían a un solo punto – en realidad, el punto central. Me resultó cada vez más evidente que el mandala es el centro. Es el exponente de todos los caminos. Es el camino hacia el centro, hacia la individualización. (…)” No se puede conseguir más por menos.
Por  Francisco López
Fuente:  La Visión de la Sibila