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martes, 17 de febrero de 2015

PERFIL:El iluminado Richard Gere


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PERFIL:El iluminado Richard Gere
Sunday 31 de August de 2014 10:57 AM
Robert Arapé/ Ilustración: Verónica Gutiérrez
El credo de Richard Gere podría rezar: El hábito no hace al monje. O, mejor dicho: el verdadero monje no necesita un hábito. Nacido el 31 de agosto de 1949, en Filadelfia, Estados Unidos, a sus 55 años, aún es considerado uno de los actores más sexys de Hollywood, cuya carrera ha escalado la montaña del éxito con películas como Mujer bonita, Gigoló americano, Reto al destino o Chicago, entre otras producciones durante más de tres décadas de carrera cinematográfica.
Sin embargo, también es un budista. Un practicante a carta cabal del budismo tibetano, la filosofía espiritual que enseña con luz inagotable la sabiduría de Buda y cuyo apostolado dirige su santidad el Dalai Lama, el maestro que tomó de la mano a Richard Gere para guiarlo personalmente por el camino de la iluminación.

De tal modo que si el público lo considera un símbolo sexual, el actor es un monje en vida. En la gran pantalla, encarna a hombres irresistibles, besa apasionadamente, enloquece a chicas sensuales como Julia Roberts; pero en el hogar se dedica a la meditación y a reflexionar sobre el sentido de sus actos, además de pronunciar mantras que estimulen la vibración de las buenas energías del cosmos como Om Mani Padme Hum; hace una alimentación vegetariana; enriquece un corazón sensible al sufrimiento de los seres vivos y estudia los textos sagrados de los antiguos maestros.

Mientras otras celebridades se han convertido en activistas a favor de zonas destruidas por desastres naturales, recaudan fondos para organizaciones científicas o promocionan los derechos de igualdad ciudadana, Richard Gere despertó a las motivaciones espirituales y se sumó a una organización religiosa que, a diferencia de la cienciología, no contaba con el apoyo de millonarios ni famosos hasta su ingreso.


“Gere no es un budista famoso. Sino un famoso que ha abrazado el budismo”, expresa el merideño Jesús Márquez, consagrado en la Orden Budista Triratna que tiene como lema: “Aquí no importa quiénes somos. Porque no somos nada. Incluso, su santidad se define a sí mismo como un simple monje, aunque sea una divinidad”.

Antes de hacerse budista, Gere fue un iniciado aventajado de las prácticas zen. Luego viajó a la India, donde conoció a Tenzin Gyatso, considerado el décimo cuarto Dalai Lama reencarnado. No solo quedó deslumbrado por la lámpara del espíritu del monje en el exilio, una deidad sin patria, sino que abrazó la causa del Tíbet, la defensa de un territorio ocupado militarmente por las tropas del ejército comunista chino, bajo órdenes de Mao Tse-Tung.

Gere ha organizado foros en los Estados Unidos que han dado la palabra a su santidad budista. Ha promocionado por el mundo la injusta anexión china de un territorio deslumbrante y pacífico, entre cuyas joyas naturales se cuentan las cumbres accidentadas del imponente Himalaya. Si anteriormente era un montañista meditativo que escalaba cada año las cumbres más altas de la tierra, ahora no puede hacerlo porque China considera a Richard Gere un enemigo político.

El compromiso religioso también ha tenido un costo personal muy alto para él. El año pasado, y tras trece años de matrimonio, firmó el divorcio. Carey Lowell, el amor que el actor encontró tras separarse de la súper modelo Cindy Crawford, divulgó que el ascetismo de Richard fue determinante en el deterioro de la relación. Se encerraba a orar por días y había limitado el vínculo familiar al momento de comer. El sexo regular de una vida en pareja había sido suplantado por el celibato de un monje sumamente entregado a sus obligaciones.


Ahora, no necesita raparse la cabeza ni envolver su cuerpo desnudo en un manto de color ocre para ser un monje completo. Ya lo es, aunque vista de traje. “Ha sabido envejecer. Hasta le lucen las canas “, expresa Carlos Fraga, el mediático gurú venezolano del crecimiento personal. “Los hombres de grandes búsquedas espirituales siempre alcanzan una saludable longevidad”.

¿Cómo es posible conciliar dos actividades dispares como la fama y la introspección?, le han preguntado muchas veces a Richard Gere, quien ha contestado: “El budismo tibetano habla de los extremos en que suele vivir el hombre. La clave está en andar por el camino del medio, vivir en perfecto equilibrio. Si eligiera ser solo budista, entraría en desequilibrio porque viviría en un extremo de mi existencia; de igual modo, estaría desequilibrado si eligiera ser solo actor. Ese es el camino: encontrar la paz en este mundo”.

El actor confesó que durante años vivió obsesionado por la visión de una balanza, una balanza de oro cuyo significado desconocía, pero que se presentaba frecuentemente en sus sueños. El análisis sicoanalítico interpretaba tal figura como un deseo de justicia; pero el budismo tibetano le ayudó a comprender que se trataba de un simbolismo de los dos aspectos de su existencia: la actuación y la espiritualidad.

“Yo tuve dos despertares”, le contó al periodista Melvin McLeod en una entrevista. “Uno, cuando de hecho me topé con el dharma escrito, y dos, cuando encontré a un maestro. Pero antes de ello, me involucré con la indagación filosófica en la escuela. Así, llegué a él a través de los filósofos occidentales, básicamente del obispo Berkeley”.
Durante su adolescencia fue un hippie. Creía en la paz y en el amor como propósitos universales. Se dejó crecer el cabello como un nazareno, encendía ramitas de incienso de sándalo, meditaba en los parques públicos, leía los clásicos de la filosofía en un tiempo en que solo interesaban los periódicos. También tenía inquietudes artísticas. Es un experto trompetista, un maestro de la improvisación de un instrumento de viento que llegó a cautivar a millones de personas en presentaciones en vivo. Luego, hizo teatro. Y todo lo vivía con una libertad absoluta.

Gere confesó que su primer encuentro con el dharma budista sería cuando tenía 24 años. Consideraba, como la mayoría de los jóvenes, que no era particularmente feliz. “No sé si era un suicida, pero sí muy infeliz, y me hacía preguntas como ¿Por qué todo?”, dijo.

Los libros de Evans-Wentz sobre Budismo tibetano produjeron un fuerte impacto en él. Prácticamente se los devoraba. “Recuerdo mi salida a Los Ángeles para un sesshin de tres días (el programa de meditación zen). Me preparé elongando mis piernas durante meses y meses para poder pasarlo. Me di cuenta de que esto es trabajo, esto es trabajo serio sobre tu mente. Eso para mí constituyó una parte fundamental del camino”.

“Richard, el romántico del cine y que llegó a la meca sin ambiciones de fortuna, solo deseaba actuar”, como lo describe Marlene Gómez, una cinéfila zuliana seguidora de su carrera, él siempre sintió esta práctica como su vida real. “Me sumergía en mi pequeño departamento mugroso a veces por meses solo para hacer tai chi y lo mejor posible para realizar mi práctica sentada. Tenía un sentimiento muy claro de que siempre había estado en meditación, que nunca dejé de hacer meditación. Eso era una realidad mucho más sustancial de lo que normalmente tomamos por realidad. Estaba muy claro para mí aun entonces, pero me llevó largas horas de mi vida sacarlo más hacia el mundo”.

No obstante, la fama era una estrella predeterminada en la noche de su vida porque todos los personajes que le granjearon un éxito de taquilla habían sido escritos para otros actores como Al Pacino y John Travolta; pero ellos mismos rechazaron esos papeles y fueron propuestos a Richard Gere con el golpe de suerte de la última opción”.
Cuando así sucedió con “Mujer bonita”, entendió definitivamente que el destino obraba para su bien de este modo y que la fama era tal vez un don del cielo que debería utilizar para beneficio de la humanidad.

Sin embargo, primero, debía cumplir con la ardua tarea de conocerse a sí mismo. Durante una visita al pueblo McLeod Ganj, el refugio de los monjes tibetanos exiliados en India, quedó impactado al estrechar la mano del Dalai Lama y escuchar sus enseñanzas, transmitidas con una simpatía abrumadora. “El maestro budista le explicó la naturaleza irreal, ilusoria e inexistente, aunque hondamente dañina, de todas las emociones, precisamente la materia prima de un actor”, comenta Dilia Navarro, representante de la escuela Camino del diamante, sede de las enseñanzas del gran monje tibetano en Caracas. Así, como tantos otros iniciados, Richard Gere descubrió que el dolor, la ira y el placer son las elaboraciones más perfectas de una mente que necesita ser purificada, a través del autoconocimiento, si desea encontrarse cara a cara con el bien supremo de la verdad eterna.

Desde entonces, Richard Gere no ha dejado de ser una estrella, cuya luz no depende de la fama sino de la energía espiritual más pura.